El mejor Messi - RED/ACCIÓN

El mejor Messi

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Con la Argentina ya en la final de la Copa del Mundo, y después de los roces que se produjeron con los neerlandeses, Lionel Messi muestra facetas antes desconocidas de su condición de líder.

El mejor Messi

Intervención: Marisol Echarri.

Con la Argentina ya en la final de la Copa del Mundo, y después de los roces que se produjeron con los neerlandeses, Lionel Messi muestra facetas antes desconocidas de su condición de líder.

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Intervención: Marisol Echarri.

Líder. Decía Ortega y Gasset que la cultura de un país se expresaba en lo consabido, en el guiño, en eso que no hace falta explicar porque la tribu lo reconoce como propio. Si don José andaba en lo cierto, ser culturalmente argentino significa reconocer —y usar con acierto, cuando viene al caso— frases históricas del tipo, “a vos, gordito, no te va tan mal”, “la casa está en orden”, “me cortaron las piernas”, “síganme, no los voy a defraudar”, “billetera mata galán”, “si querés llorar, llorá” y un puñado de otras perlas verbales que nuestras celebridades nos supieron conseguir.

Esta semana se sumó al olimpo la gloriosa “qué mirás, bobo, andá pa’ allá”, que Messi le dedicó al gigante neerlandés Wout Weghorst. En pocos días, la expresión ya se convirtió en meme, ringtone, remera, taza, cumbia, cuarteto, trap, villancico, poema, comercial de Schneider y cuanto subproducto ha sido capaz de crear la cultura de masas. Y es que la frase lo tiene todo. Es breve, seca, contundente. La dice, en caliente, un semidiós cuando toda la atención está sobre él. A la vez es imperfecta y popular, mucho más cercana a la periferia rosarina que al glamour de París o Barcelona. Además, contrasta con la modestia habitual de Messi y lo vuelve algo compadrito, sobrador. Por eso es pólvora.

Las reacciones que generó la ya famosa frase, junto con el gesto del Topo Gigio que el 10 le dedicó a Louis Van Gaal, dicen algo sobre Messi, pero más sobre las expectativas —casi siempre inconscientes— que se generan en torno a los líderes:

  • Corazón. El líder no lo es del todo hasta que no llora o se enoja. El profesor de La casa de papel es sólo un genio de hielo hasta que se le saltan las lágrimas. Ahí se vuelve un líder capaz de inspirar, porque se humaniza. Messi enojado, pisando el borde de lo incorrecto, se vuelve William Wallace. Deja de ser un superdotado que juega al fútbol como nadie para convertirse en un caudillo capaz de inspirar grandes sacrificios. Hay un abismo de diferencia.
  • Conflicto. El líder se perfecciona cuando encuentra un antagonista. Sin un enemigo, puede ser bueno, incluso admirable, pero está incompleto. Enciende pasiones cuando a él mismo le hierve la sangre y se enfrenta al malo con energía. Por eso, sin proponérselo, Weghorst le hizo un regalo a la Argentina: con su provocación, sacó de Messi al Maradona que llevaba adentro. Justo el touch que le faltaba.
  • Representación. El líder guía, pero también representa. No caben 45 millones de argentinos en una cancha de fútbol, hay sólo 11. El resto sufre y se alegra a través de ellos. Las palabras de Messi, justo después de un partido, cumplen acabadamente su función vicaria si expresan el sentir de los que lo miran por TV: partido sufrido, chivo, con un árbitro torpe que da un alargue excesivo y nos somete a una agonía interminable. Eso da bronca. Y por eso Messi acierta, porque expresa ese sentir.

Con el diario del miércoles todo se confirma: el mejor Messi brilla contra Croacia y lidera a un equipo que lleva a la Argentina a la final de la Copa del Mundo. Está feliz, no lo disimula. Mientras, parece que sonara en sus oídos todo el tiempo una frase: “Coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir”.

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Tres preguntas a Dominic Colenso. Es un conferencista y escritor inglés, especialista en comunicación verbal y liderazgo. Exactor profesional, su foco está en entrenar a líderes del mundo político y empresarial para hacer más efectivo su estilo comunicativo.

—¿Qué te motivó a dedicarte al storytelling?
—Estamos expuestos a la magia del stotytelling desde muy chicos. Y desde el principio de la humanidad las personas se contaban historias… para advertir sobre peligros, para enseñar lo que está bien y lo que está mal, para inspirar a actuar. La ciencia moderna descubrió que cuando escuchamos una historia, nuestro cuerpo produce una hormona llamada oxitocina e inmediatamente empezamos a generar una conexión con la persona a la que estamos escuchando. Las historias nos unen y hacen que otorguemos sentido a nuestras experiencias. Yo soy un contador de historias. Empecé mi carrera como actor, la seguí como director de teatro, y ahora ayudo a los líderes a reconectar con el poder de la palabra hablada. Y lo que quisiera es que la gente abrazara su propia historia y la compartiera más con el mundo. Digo “más” porque en las redes sociales tendemos a contar una parte menor de lo que vivimos. En Instagram y Facebook proclamamos al mundo cosas maravillosas que nos suceden, que son sólo la mitad de la historia. No solemos mostrar nada doloroso. Es como el trailer de la película, pero no la película completa. No hay profundidad emocional. En tu vida hay, quizás, aventuras espectaculares, pero también pequeñas decisiones desastrosas que te llevaron a ser quien sos. Todo eso es parte de nuestra historia.

—¿Por qué creés que nos cuesta contar nuestra propia historia?
—La mayoría de nosotros descartamos nuestras historias porque las consideramos irrelevantes, vergonzosas o poco interesantes, y en realidad son vitales para que nuestras audiencias puedan entender quiénes somos. Cuando digo audiencias me refiero a cualquier persona con la que nos comunicamos: tu familia, tus amigos, tus compañeros de trabajo, o los extraños que te escuchan dar una conferencia. Cuando compartís tu historia, creás conexión. Cuando, a los 16 años, decidí ser actor, pensé que sería fácil: ir a la escuela de actuación, conseguir mi primer trabajo y después a brillar… La realidad fue bastante diferente, con un camino mucho menos lineal. Mi cima fue un gran éxito en Hollywood que me llevó a viajar por el mundo firmando autógrafos. Y mi pozo más profundo fue trabajar en un call center en el que trataba de convencer a extraños, con los que no había hablado antes, de que compraran nuevos servicios de su tarjeta de crédito. Nada fácil. De todos modos, cuando empecé mi carrera como conferencista, tuve el instinto de olvidar mi pasado. Si quería ser tomado en serio en el mundo de las empresas, debía proyectar una imagen corporativa sofisticada.

—¿Cómo te diste cuenta de que debías contar tu propia historia?
—En cierta ocasión, en un noviembre lluvioso, yo estaba con mi socio tomando té en nuestra recién abierta oficina del norte de Inglaterra (todavía no habíamos ganado ni una libra), y quien nos asesoraba hizo una pregunta que cambió nuestras vidas: “¿Por qué su material promocional no menciona tu pasado? ¿No estás orgulloso de él?”. “Claro que sí”, contesté yo, “solo que no es relevante”. Y en el segundo que dije eso me di cuenta de mi error: que al negar mi historia me privaba de decir cosas únicas sobre mí, y que me estaba esforzando por decir lo que pensaba que mi audiencia iba a querer oír o leer, pero estaba perdiendo mi identidad. Mis clientes tienen la misma tendencia: evitan lo que creen que los va a hacer sonar aburridos o arrogantes, aunque esas historias sean las que los hacen ser quienes son. No digo que haya que abrumar a la gente con una lista larga de logros, sino que hay que compartir cosas sobre nosotros que nos hagan conectar con nuestras audiencias. No leemos el CV de las personas que admiramos, leemos sus biografías, que son historias con sus altos y sus bajos.

Las tres preguntas a Dominic Colenso se tomaron de la presentación “The Power of Telling Your Story”, dada originalmente en el contexto de TEDxVitoriaGasteiz. Para acceder a la charla completa podés hacer click acá.

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Storytelling. Son cientos, quizá miles, los artículos que describen el partido en el que la Argentina le ganó a Croacia en una de las semifinales de la Copa del Mundo. Seguro que los hay excelentes. Elegimos este, que lleva la firma de Juan Manuel Trenado, por lo bien escrito, por el buen balance de emociones y datos, por las dosis adecuadas de sobriedad y licencias poéticas. Y sobre todo porque funciona como ejemplo perfecto de storytelling logrado: si los lectores tuvieran la manera de medir la oxitocina que generaron mientras avanzaban en el relato, probablemente la mayoría terminaría con una sonrisa. Misión cumplida.

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Academia. Hablamos de reputación corporativa, pero no siempre tenemos claridad sobre qué estamos diciendo. Este artículo de Barnett, Jermier y Lafferty repasa varias definiciones de la literatura académica reciente y las categoriza por sus similitudes y diferencias. Sugiere que las definiciones con más potencial usan términos como juicio, estimación, evaluación o calibre. Y sobre esta base, los autores proponen una nueva definición de reputación, distinguible de la identidad, la imagen y el capital de reputación corporativa. Reputación corporativa son “los juicios colectivos de los observadores de una corporación basados ​​en la evaluación que hacen de los aspectos financieros y sociales y de los impactos ambientales atribuidos a la corporación a lo largo del tiempo”. Un buen aporte a la claridad conceptual de los profesionales de la comunicación.

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Oportunidades laborales

Hasta acá llegamos esta semana. Todas tus ideas, propuestas o consultas son bienvenidas. Podés escribirme a comms@redaccion.com.ar

¡Hasta el miércoles que viene!

Juan

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